jueves, 20 de enero de 2011

Luces en la oscuridad

Fiel consejera en los momentos mas oscuros, una almohada es un mundo por descubrir repleto de seres mitológicos y ninfas imposibles, letargos infinitos y visiones efímeras pero necesarias: el arte de soñar es la alquímia del tedio, y amanecer es dejar el deseo de vivir en manos de un animal hambriento. Como la princesa que nunca sonríe de Viktor Vasnetsov, me rindo a la levedad de las horas muertas, expuesto a los desiertos interminables del aburrimiento, hasta que mis párpados cedan a mi voluntad mas profunda y secreta. Camino entre los grandes nombres del tedio que nunca salieron en los libros de historia, aquellos abandonados a su suerte en mitad de la bruma del fastidio, hasta que fueron rescatados por Morfeo y penetraron en el oasis de la balsámica noche, donde obtuvieron el reconocimiento de las estrellas impávidas.
Los hijos del sol se alimentan de la vanidad y tratan de someter el cielo a sus propósitos megalómanos. Nosotros, renegando de la actividad frenética del día, abrazamos la calma de la noche y nos sumergimos en las profundidades de lo etéreo, suspirando, ronroneando y bostezando. Somos el heraldo de la utopía y polvo del devenir, una nada en el eje del mundo; la nota mas baja del órgano, tan profunda, que nadie la oye. Nuestro triunfo es el mas absoluto abandono; somos como dioses que no necesitan escalar grandes montañas ni atisbar cimas imposibles, porque son ellos mismos el techo y el suelo del mundo; los soñadores, que no persiguen quimeras si no que las sueñan, que no desean la luna si no que la abrazan...

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